Archivo del 18 de Enero de 2010
Sidonie incendia la Oasis
TEXTO: Pablo Tejero
FOTOS: Fotografiadeconciertos.com
Desembarcaba el trío de Barcelona, convertido para la ocasión en quinteto y hasta sexteto, con la intención de presentar en Zaragoza, con el nuevo año, su último disco hasta la fecha: El Incendio (Sony Music 2009).
Y a fe que incendiaron la ciudad. Primero La Sala Oasis, y después el Groenlandia con la sesión DJ de Axel Pí (el batería de la banda).
Dicen que la calma precede a la tempestad y el sábado se cumplió el refrán a las mil maravillas. Dulce noche de sábado, poco frío y escaso viento y la Sala Oasis dando entrada a los seguidores de la banda. Casi religiosamente, con calma, como quien no quiere la cosa, la sala se va poblando de público, hasta que sin apenas hacer ruido te das cuenta de que se ha llenado en todos sus rincones, rozando el aforo completo.
La tranquilidad persiste, se cumple la hora, la gente aplaude tímidamente… y, se enciende el escenario.
Sale Sidonie, gritan “¡Buenas Noches Zaragoza!”, entonan los primeros acordes de Nuestro Baile de Viernes… y entonces es cuando se termina de incendiar toda la sala.
Con ese pegadizo estribillo “Bailemos canciones de viernes que ni conocemos pero bailemos hoy llegaremos hasta el cielo”, consiguen arrancar a todos los fieles devotos allí congregados, y nos amenazan con lo que será el resto del concierto: un sonido excelente, una banda en un estado de forma excepcional, una comunión con el público inmediata, unas ganas de agradar tremendas, y en definitiva un espectáculo incendiario.
Siguen con Boheme, y después empiezan con la presentación de su último disco, con uno de los grandes temazos que contiene, La Sombra: “yo soy tu sombra en la pared donde vayas tu te seguiré.”
Después continúan desgranando las canciones de su nuevo disco con Sin Querer, A La Vera del Mar (coreada la intro a capella por todo el público presente; se nota que con este disco se han catapultado definitivamente), y Nueva York.
Momento de pausa en el concierto; la gente se sienta en el suelo a petición de Marc, que desciende las escaleras de la Oasis, para entonar en solitario, pero con el público, esa preciosidad llamada Giraluna.
Después sobre el escenario, los tres fundadores de Sidonie, nos obsequian con un ritual particular: ingesta de chupitos de ron antes de arrancar de nuevo las llamas con Por Ti, a la que siguen Todo Lo Que Nos Gusta y En Mi Garganta (“Es el día de la cita, te he traído margaritas, del jardín de mi casero, te quiero”).
Aparece un shittar en escena que enseguida coge Jesús, la banda invita a subir a Christian, excelente guitarrista, alma del proyecto Electric Barbarella, y todos juntos entonan ese éxtasis músical y orgiástico llamado Sidonie Goes To Varanasi. Para los que amamos la psicodelia, fue un momentazo de la noche.
Suena Un Día Más En La Vida, el Dandy Del Extrarradio, Viva El Loco Que Invento El Amor, y el concierto sigue y sigue in crescendo. Sidonie vuelve a retomar sus primeros discos en inglés con Feelin´ Down y On the Sofa, para terminar de reventar al personal cuando suena ese organo místico que da paso a Fascinado (“me tienes fa fa fa fascinado”). Y con “El Adiós”, canción que cierra su último disco, Sidonie simula cerrar un concierto lleno de canciones nuevas, viejos éxitos, y una energía sin igual.
Pero tras los aplausos vuelven a salir a escena. Marc aprovecha para presentar a toda la banda, incluyendo el guitarrista y el teclista que les acompañaban, para abarcar las últimas tres canciones de la noche, los fuegos artificiales, la última mecha para reducir la sala a cenizas: Costa Azul, El Incendio y el éxtasis de Sidonie Goes To Moog.
Acaba el concierto, se encienden las luces, y tanto entre los fans más acérrimos, como entre el público más selecto como Juan Aguirre de Amaral o Pedro Andreu de Héroes no veo más que una sonrisa en rostro que delata el pensamiento: Sidonie son un incendio que nos acaban de arrasar…. y nosotros lo hemos disfrutado como niños. Pedazo de concierto, pedazo de banda, pedazo de incendio. Sidonie… que ustedes lo sigan incendiando bonito.
Y siguieron quemando sitios la verdad, el siguiente fue el pub Groenlandia, con una sesión de Alex superdivertidísima, que tan pronto te ponía a Jet como a los Jackson Five, a Foo Fighters o a Stevie Wonder. Vaya final de noche con la música, la banda, las compañías… pero esta es otra historia, que deberá ser contada en otro momento.
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The New Raemon en el Café Hispano: Me debes un baile
Pasadas las nueve y media de la noche, discreto entre todos los hombres de pelo corto y oscuro, recortada y escrupulosa barba del mismo color y camisa de cuadros que dirigían sus miradas al escenario del Café Hispano, sin disimular cierta impaciencia e interés, empero o no de su aspecto despreocupado y tranquilo, se hallaba Ramón Rodríguez, quien sostenía una copa obviando la evidente certeza de que, en realidad, no había otro hombre de pelo corto y oscuro, recortada y escrupulosa barba del mismo color y camisa de cuadros más que él: Ramón Rodríguez, frontman de Ghouls”n”Ghosts, de Madee. Ahora, además, sencilla y estupendamente, The New Raemon.
Cerca se reconocía a Marc Prats (teclados), Palo Garrido (guitarra eléctrica), Ricky Lavado (batería y percusión) y su tocayo y aclamado Ricky Falkner (bajo, voces, piano), el Equipo Alfa que acompaña a Ramón como banda en la gira de presentación de su nuevo trabajo, un EP titulado “La Dimensión Desconocida”, sucesor de “La Invasión de los Ultracuerpos” y “A propósito de Garfunkel” y casi ya antecesor de “Cuaresma”, cuya aparición está prevista para febrero.
Fue precisamente Ricky Falkner quien, hace unos dos o tres años, lo instó a abandonar la lengua inglesa y concebir un nuevo proyecto cuyas canciones, a cambio, se encargaría de producir. Canciones que han ido experimentando una evolución (no sólo en cuanto a la temática de sus personalísimas letras, no tan centradas en historias de desamor como en conflictos que integran o involucran, afectan, a otras personas, sino también en cuanto a aspectos estrictamente musicales y, quizá, sobre todo, en cuanto a la forma de pensar los directos). Pues ya no son sólo, solos, el público y Ramón. Un verdadero lujo.
Cabe citar que, el día anterior, The New Raemon había estado tocando en Huesca y que tanto aquélla como su inminente visita a Zaragoza habían generado mucha expectación entre sus seguidores. En los últimos meses, pocos puntos de fuera de la geografía catalana se reconocían entre los destinos que iba anunciando vía Myspace. El viernes, Ramón hacía de su manager, con humor, el último responsable de este inmovilismo, afirmando que estaba muy contento de encontrarse en Z, de recorrer ciudades y tocar, pues es la música y no su anterior y frustrante trabajo en una oficina, lo que le hace feliz: “Mi mayor ilusión ya la estoy cumpliendo, poder vivir de esto”.
Desde la privilegiada primera fila, con el espacio suficiente como para bailar tímidamente, si se preciaba, y con la distancia precisa como para advertir el brillo en los ojos de Ramón, el de las emociones, ese gesto natural que en un concierto coloca, sitúa al público a la misma altura que el artista, a pesar del escenario… Desde la primera fila, decía, se distinguían los setlist que tanto The New Raemon como sus músicos habían dejado junto a los instrumentos o el pie de micro. El set de Ramón me llamó la atención especialmente pues, a mano, había ido detallando ese preciado secreto que es la sucesión de las canciones, y lo había hecho sobre una impresión de Google Maps, acaso sobre el mapa que hubo de traerlo de Huesca a Zaragoza. Más sentido habría tenido escribirlo en una servilleta. O quizás no.
Los allí tímidamente agolpados, intentábamos descifrar algunos de los títulos y fue “La cafetera”, perteneciente a “A propósito de Garfunkel”, la elegida para abrir el concierto. A ella sucedieron, con una impecable y muy sensible ejecución, canciones de sus anteriores y su presente trabajos: “Tú Garfunkel” (que obtuvo muy receptiva respuesta), “La cafetera” o “El Fin de la Resistencia” (en la que Ramón y sus músicos pidieron la colaboración del público por medio de palmas -¡qué protagonismo aquel de las cejillas colocadas en el traste no correspondiente!-).
“¿Cuál es la siguiente?”, pregunté en un determinado momento sin alcanzar a distinguir la caligrafía de Marc Prats y, ante la respuesta: “Mano Izquierda”, sólo pude echar un vistazo muy rápido a mi reloj de pulsera y desear que el concierto se prolongara mucho más allá de las horas. Con “La Siesta”, “Estupendamente”, “Variables”, (primer single de “La Dimensión Desconocida, en YouTube pueden visionar su original videoclip, que dirige la ya habitualísima Lyona Alyona), “Por Tradición”, “La Gran Caída”, “El Fin del Imperio” o “La Dimensión Desconocida” (una de mis canciones preferidas, con Ramón acariciando la guitarra, casi besando el micro, acaso no sea la música lo más parecido a hacer el amor -como sugiriera, recuerdo, Leopoldo Mateos, de Nudozurdo-, y las segundas voces de algún seguidor que se animó a corear).
Daba la sensación de que el concierto fluía de un modo tan inercial para The New Raemon y para el público, en su justo medio entregado, conteniendo en general su emoción instintivamente desbordada, educado, escuchante, como si él (ellos) y nosotros, todos, nos supiéramos de memoria aquellos mapas de carretera que son las partituras, como si fuera posible recorrerlas con los oídos muy abiertos y los ojos entrecerrados. Mirando, frente a frente – enfrentados a ambos lados del escenario, pero en una misma dirección.
“Mil gracias”, una de las últimas canciones que sonaron, cuenta con un protagonista y derrotado amante que, en un desesperado y postrer intento de recuperar a su indiferente chica, clama aquello de: “Te daré mil gracias si esto nunca acaba”. Y tuvo a bien Ramón obsequiar a los asistentes (los que permanecieron en el Café Hispano después de que el Equipo Alfa se apeara del escenario y re – clamaron una penúltima canción más) con “Elena-na”, interpretada ya en riguroso acústico, sutil a la par que pícara y sensual canción de buenas noches que sirvió para despedir aquélla que concluía.
Sí, al menos en el Café Hispano, pues Ramón y su banda se desplazaron a continuación a La Lata de Bombillas, donde prosiguió la siesta, perdón, fiesta, hasta la madrugada. Una madrugada en la que me hubiera gustado estrechar mi mano izquierda con la de The New Raemon en un pacto muy secreto, en la que sin dudar habría cambiado mi reloj, el de la mano estrechada, por el sombrero – chistera de Ricky Falkner. Y así sucesivamente. Una onírica madrugada en la que deseé haber hecho desaparecer todos los mapas, los espacios, con tal de dilatar la sonrisa en el tiempo y no regresar a casa. Esperando todavía ese baile que, por fortuna, de eso estoy segura, sigue siendo deuda.
















