Eli “Paperboy” Reed and the True Loves
Texto y fotos: Pedro Martín
No pude evitar recordar la frase De Marty McFly en Regreso al Futuro I, en el momento en que se sube al escenario del baile de fin de curso de sus padres, a punto de interpretar “Johnny B. Goode”: “Supongo que no estáis preparados para esto; pero les encantará a vuestros hijos”. Anoche la multitud que esperaba pacientemente en la fila de la Casa del Loco se dirigía a hacer el viaje en el tiempo, pero esta vez en dirección contraria, y a 110, para ahorrar plutonio del condesador de fluzo, y cumplir la legislación vigente.
Sin duda una de las virtudes de esta sala es el ambiente que en ella se crea, donde los artistas consiguen franquear esa barrera invisible que hay entre escenario y público. Y además Eli “Paperboy” Reed también consiguió romper otra barrera, la del idioma, y pronto consiguió la complicidad y la conexión de los congregados.
Lo que hace este hombre y sus muchachos dicen que es soul. Malditas etiquetas. Lo que pudimos ver era soul, pero también rock and roll, incluso el country y pinceladas de gospel asomaron en la noche de ayer, todo ello rodeado de una energía abrumadora. Tampoco comprendo por qué sigue sorprendiéndonos ver a un blanco “hacer música de negros”: después de todo, ¿no fue eso lo que hizo Elvis allá en los 50? Romper los clichés, las fronteras del color, y hacer simplemente música, música que llega bien adentro.
Con un generoso retraso con respecto a la hora anunciada, Eli y sus True Loves abordaron las tablas, sin prisa, pero sin pausa. El primer temor fue la no aparición de los metales, pieza clave del disco “Come and get it”, junto a las voces coristas femeninas. Ahora bien, los temores se disiparon rápidamente, el hammond suplía cualquier carencia y un sonido arrollador consiguió meternos en faena. El ritmo del concierto fue en una escalada, si bien es cierto que en parte fue debido a que los temas más tranquilos, más baladeros, quedaron relegados en el setlist a un par de apariciones, elegantemente escogidas para que aquello fuera un no parar.
La puesta en escena, impecable. El micrófono de Eli, robado de algún museo o del almacén de la KWMF o alguna de esas emisoras americanas con nombres en siglas impronunciables. Hace 60 años la centralita telefónica de cualquiera de ellas se habría colapsado de llamadas pidiendo que repitieran una y otra vez sus temas, pero ahora vivimos en los tiempos de Spotify…
Y por fin, cuando Eli se quitó la gafas de sol que llevó durante la primera mitad del concierto, algo cambió. Sobre el escenario, el niño bueno atado por los canones del género, dió rienda suelta a los temas de ritmos más frenéticos, y su actitud escénica subió enteros de forma exponencial, hasta el final apoteósico.
El artista, al finalizar, permitió que cualquiera se acercara a él a echarse una foto y a que le firmara sus discos, en tanto que su tupé desafiaba las leyes de la gravedad y del sudor por el calor que se respiraba. Mientras tanto, el Delorean nos esperaba en la puerta, ya listo para llevarnos de vuelta al hogar…












