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Jorge Drexler en el Teatro Principal de Zaragoza
FOTOS: Fotografiadeconciertos.com
“El arte de planchar faldas y doblar camisas”
Era un domingo anochecido y me hallaba planchando faldas de colores con la tabla desplegada frente al televisor encendido, aunque con la vista puesta en mis movimientos de manos para no quemar ninguna prenda. De pronto, una melodía hizo que dirigiera mis ojos hacia la pantalla: “Mire donde mire, te veo”. Fue así como descubrí un programa literario de contenidos nada desdeñables y así también como descubrí “Deseo”. Apenas sé acerca de Jorge Drexler: uruguayo de los que se afincan en España, otorrinolaringólogo de los que no ejercen, vindicador de los que se revelan cantando a capella, amante de los que se dejan querer por mujeres que poseen muy personales voces de deliciosa e ilimitada gravedad (y después ellos componen canciones, escriben canciones que las abrazan y las besan). Apenas sé acerca de Jorge Drexler: me sé canciones, algunas de sus canciones, porque casualmente han ido llegado hasta mí haciéndome experimentar una sensación como de falda arrugada, pero en el pecho.
Hubieron de sucederse tres olas de aplausos antes de que el artista apareciera en el escenario del Teatro Principal de Zaragoza, con sobresaliente presencia de público a pesar de ser martes. Entonces una última ola, más desbordada y expresiva que las anteriores, inundó el teatro. Vestido de impoluto traje, Jorge Drexler saludó con la elegancia de un hombre acostumbrado a doblar camisas blancas, sereno, tranquilo se dirigió hacia su Gibson Chet Atkins Country Gentelman roja, “linda como ella sola”, colocada junto a otra española, que se colgó con un movimiento rápido y muy cuidado. La Gibson. Mientras, sus músicos iban arropándolo formando un semicírculo a sus espaldas, una banda en la que los metales han adquirido una brillante y probablemente acertada relevancia en detrimento de las, por otra parte, magníficas cuerdas que se advertían en canciones de anteriores trabajos. Jorge Drexler se preocupó de explicar que se trataba de una formación fresca y nueva, con miembros provenientes de remotas geografías más allá de la española y que, debido al tan reciente comienzo de gira (no especificó si estos miembros habían sido también sus músicos de estudio en el disco que presentaba, “La trama y el desenlace”), estaban en pleno proceso de conocerse. Además de los tres metales (trombón de varas, trompeta y saxofón), espléndidos a pesar de la casi imperceptible vacilación del trompeta justo al inicio de uno de los temas, cabría destacar el papel del percusionista, vasco, que ejercía una especie de mímesis con la batería, siendo ambos uno solo y que tocaba su instrumento a través de bellos movimientos que rozaban lo coreográfico. Movimientos de marioneta, enérgicos, precisos, pero como si fueran de algodón sus articulaciones, como si fueran dirigidos sus brazos por alguien, desde arriba y mediante invisibles hilos. En lo que a la percepción visual se refiere, resultaron también muy sugerentes los momentos en los que hasta tres músicos, seis manos, se colocaban frente a la imponente marimba, recurriendo incluso al elemento cómico, jugando a despistar, a confundir sus brazos entre sí y generar un aparente caos, en realidad un perfecto y melodioso orden color madera. Uno de aquellos músicos hacía también las veces de guitarra y el tercero de ellos se encargaba de, entre otros cometidos, hacer sonar un curioso instrumento parecido a una sierra (en el caso de que no lo fuera), que vibraba gracias a un arco de los que utiliza la sección de cuerdas. En definitiva, nos hallábamos ante una exquisita formación capaz de sonar a la perfección, sobre todo en cuanto a capacidad que cada instrumentista poseía para encontrar su lugar en la masa global del sonido y mantenerse en un muy segundo plano, pero presente en cada arreglo, en cada nota, logrando un conjunto uniformado y muy eficaz.
Jorge Drexler interpretó casi la totalidad de las canciones que integran “Amar la Trama” (Warner, 2010), divididas en dos bloques entre los cuales cambió el set eléctrico por el más estricto de los acústicos. Cabe apuntar que el LP fue grabado en tan sólo cuatro días, después de transformar un plató de televisión en estudio, con la banda tocando en directo (claro), ante una veintena de espectadores por jornada. Acaso deban derivarse de este hecho la frescura y la inmediatez que caracterizan este disco pues, en definitiva, no es sino el resultado de un prolongado concierto, lo que supone que los momentos álgidos de conexión entre Jorge Drexler y la banda, entre los integrantes de ésta y, por supuesto, que los momentos álgidos de conexión para con el público, quedaran registrados. Esto, desgraciadamente, es algo que no sucede muy a menudo o que se pierde en algún punto del proceso de grabación en un estudio tal y como se concibe. “Amar la Trama” suena así, alejado ya de cualquier poso electrónico anterior, muy natural, orgánico, real. No obstante, de las canciones compuestas por Jorge Drexler, continúan siendo rasgo diferenciador las melodías cálidas, dulces, envolventes, suaves; Jorge y su voz siempre leves y sutiles, siempre amenazando la lágrima del que escucha con el más enternecedor de sus susurros musicados; las instrumentaciones del buen gusto y los cadenciosos ritmos rioplatenses siguen siendo asimismo tónica (y dominantes), intentando aunar lo tradicional de su Uruguay con lo más contemporáneo para generar singles que lo han llevado, por ejemplo, a ganar un Oscar. Resulta necesario destacar, porque es lo verdaderamente distintivo y maravilloso de la música de Jorge Drexler, el rol que las palabras desempeñan en sus canciones. Deberíamos sumergirnos en la tradición literaria del Río de la Plata para contextualizar y entender el particular universo en el que se circunscriben sus letras, inconmensurables, inmensas en cuanto a heterogeneidad, ingenio, originalidad y riqueza de los recursos estilísticos de los que se vale: aliteraciones, concatenaciones, diáforas, metáforas, paronomasias, quiasmos… que nos remiten a la denominación de “poeta”, alguna vez utilizada con mayor o menor atino. Acaso sea menos barroco que en épocas anteriores, más liviano quizás, grácil, ligero y desprendido o casi del sintagma “melancolía con cierta luminosidad” del que se servía hasta hace muy poco para describir su estilo: Jorge Drexler parece centrarse cada vez más en la sola luminosidad. Al tiempo, resulta brillante y poseedor de una facilidad intachable para resolver aforismos así como para sugerir sus tan particulares micro-historias, verbigracia, la protagonista de “La trama y el desenlace”.
Pero hasta que sonó esta canción que invita al Carpe Diem sin adelantarse a los acontecimientos, a lo que está por llegar y nos es ajeno, en contraposición al presente (algo que podría extrapolarse, con matices, al sentido general del disco) hubieron de sucederse el resto de cortes: “Aquiles por su talón es Aquiles”, “I don’t worry about a thing”, “Las transeúntes” (sin la guitarra de Josemi Carmona), “Toque de queda” (que Jorge Drexler interpretó prescindiendo, lástima, de la necesaria voz de Leonor Watling -necesaria para que el tema no caiga-), “Tres mil millones de latidos” o “Una canción me trajo hasta aquí” (de las más vitalistas). Entre los dos citados bloques de canciones, el artista fue quedándose solo, a medida que sus músicos desaparecían con un singular baile de sombras larguísimas que se entremezclaban y proyectaban hacia la parte posterior del escenario. Momento idóneo para que Jorge Drexler agradeciera “a los maños” su presencia, se refiriese a Zaragoza como una de las ciudades en las que más cómodo se siente y a la que regresa en cuanto puede (“seguro que eso se lo dices a todas”) y subrayara el valor de la labor del equipo que trabaja para que giras y conciertos como aquel (que se dilató hasta casi alcanzar las dos horas de duración) se desarrollen según lo deseado y pautado. Después, sentado ora en una banqueta, ora en el suelo, ora en las escaleritas de subida al escenario, Jorge Drexler mantuvo un pragmático diálogo con el público, extremadamente atento, predispuesto a la maravilla y receptivo, decidido a elaborar un setlist de grandes éxitos que Jorge Drexler habría de interpretar. Así, asido a su guitarra española, solos guitarra y vos (“voz”, quiero decir), rescató de manera extremadamente íntima canciones como “La vida es más compleja de lo que parece”, “Polvo de estrellas”, “Todo se transforma” o “Guitarra y vos”, para mí uno de los puntos álgidos del concierto. En esta canción en concreto, Jorge Drexler dejó que fuera el público quien cantara los estribillos, para que nos recreáramos todos en la tímida sacudida que recorre la espalda, hace saltar los botones de las emociones y eriza la piel. Creí estar asistiendo, haber asistido a un momento mágico y único hasta que no comprobé, vía YouTube y ya en la mañana del miércoles, que Jorge Drexler había propiciado esa idéntica situación de clímax en otros tantos conciertos, con aquella misma canción. La música, albricias, nos iguala a todos y, en caso de duda, existe la red.
Es obvio que nos hallábamos ante un artista de dilatada carrera sabedor de lo importantísimo de conectar, de interconectar. Una concluye que, lo que sucede, es que Jorge Drexler se abstrae del concepto “público” como suma de personas para cantarnos, a él, a ella, a mí, a todos nosotros individualizados. Esto, aunque no único, como lo sucedido con “Guitarra y vos”, sigue siendo mágico. Por otro lado, da que reflexionar que un artista como Jorge Drexler, el hombre elegante, el músico detallista, el cantante sereno, el poeta sibarita, esté detrás (también, “compaginándolos”) de asuntos tan ¿desconcertantes? como, por ejemplo, la adaptación al español del hit “She Wolf” de Shakira, que habrá podido llamar la atención del escuchante medianamente formado y no precisamente por la lírica que pueda entrañar el mismo. Contradicciones o no, aludir a Jorge Drexler conlleva aludir al mainstream. No olvidemos que nos referimos al artista que, a modo de protesta, osó cantar “Al otro lado del río” cuando subió a recoger su premio en la correspondiente gala de los Oscar, lo que resultó una intervención muy controvertida. Y osó cantarla en la gala porque, de hecho, estaba presente en ella. No importa que los académicos hollywoodienses convinieran que debía ser Antonio Banderas, en el papel de mediático y más popular “doble”, quien interpretase la susodicha canción durante la gala. Nos encontramos ante un tipo listo, Jorge Drexler es un viejo lobo.
En cualquier caso, regresando al concierto del pasado martes, llegando ya a su desenlace, cabría señalar que, precisamente, “La trama y el desenlace” se hizo esperar demasiado y que “Deseo” no estuvo entre las varias canciones que agotaron los bises. A mí me habría gustado. Al final, el público se encargó de ligar la última nota de todas a sus entregados y eufóricos aplausos y silbidos, un público que se levantó para despedir a Jorge Drexler moviendo las manos, pero sin decir “adiós”. Yo me incorporé del asiento con cuidado, asegurándome de no haber arrugado mi falda en exceso, ocultando un clínex en uno de los bolsillos, con sumo disimulo, mientras rememoraba aquel domingo anochecido que pasé planchando frente a la pantalla del televisor. Aplaudí, silbé y al, regresar a casa, comprobé que mi falda estaba totalmente arrugada. La falda del pecho, quiero decir.
The New Raemon en el Café Hispano: Me debes un baile
Pasadas las nueve y media de la noche, discreto entre todos los hombres de pelo corto y oscuro, recortada y escrupulosa barba del mismo color y camisa de cuadros que dirigían sus miradas al escenario del Café Hispano, sin disimular cierta impaciencia e interés, empero o no de su aspecto despreocupado y tranquilo, se hallaba Ramón Rodríguez, quien sostenía una copa obviando la evidente certeza de que, en realidad, no había otro hombre de pelo corto y oscuro, recortada y escrupulosa barba del mismo color y camisa de cuadros más que él: Ramón Rodríguez, frontman de Ghouls”n”Ghosts, de Madee. Ahora, además, sencilla y estupendamente, The New Raemon.
Cerca se reconocía a Marc Prats (teclados), Palo Garrido (guitarra eléctrica), Ricky Lavado (batería y percusión) y su tocayo y aclamado Ricky Falkner (bajo, voces, piano), el Equipo Alfa que acompaña a Ramón como banda en la gira de presentación de su nuevo trabajo, un EP titulado “La Dimensión Desconocida”, sucesor de “La Invasión de los Ultracuerpos” y “A propósito de Garfunkel” y casi ya antecesor de “Cuaresma”, cuya aparición está prevista para febrero.
Fue precisamente Ricky Falkner quien, hace unos dos o tres años, lo instó a abandonar la lengua inglesa y concebir un nuevo proyecto cuyas canciones, a cambio, se encargaría de producir. Canciones que han ido experimentando una evolución (no sólo en cuanto a la temática de sus personalísimas letras, no tan centradas en historias de desamor como en conflictos que integran o involucran, afectan, a otras personas, sino también en cuanto a aspectos estrictamente musicales y, quizá, sobre todo, en cuanto a la forma de pensar los directos). Pues ya no son sólo, solos, el público y Ramón. Un verdadero lujo.
Cabe citar que, el día anterior, The New Raemon había estado tocando en Huesca y que tanto aquélla como su inminente visita a Zaragoza habían generado mucha expectación entre sus seguidores. En los últimos meses, pocos puntos de fuera de la geografía catalana se reconocían entre los destinos que iba anunciando vía Myspace. El viernes, Ramón hacía de su manager, con humor, el último responsable de este inmovilismo, afirmando que estaba muy contento de encontrarse en Z, de recorrer ciudades y tocar, pues es la música y no su anterior y frustrante trabajo en una oficina, lo que le hace feliz: “Mi mayor ilusión ya la estoy cumpliendo, poder vivir de esto”.
Desde la privilegiada primera fila, con el espacio suficiente como para bailar tímidamente, si se preciaba, y con la distancia precisa como para advertir el brillo en los ojos de Ramón, el de las emociones, ese gesto natural que en un concierto coloca, sitúa al público a la misma altura que el artista, a pesar del escenario… Desde la primera fila, decía, se distinguían los setlist que tanto The New Raemon como sus músicos habían dejado junto a los instrumentos o el pie de micro. El set de Ramón me llamó la atención especialmente pues, a mano, había ido detallando ese preciado secreto que es la sucesión de las canciones, y lo había hecho sobre una impresión de Google Maps, acaso sobre el mapa que hubo de traerlo de Huesca a Zaragoza. Más sentido habría tenido escribirlo en una servilleta. O quizás no.
Los allí tímidamente agolpados, intentábamos descifrar algunos de los títulos y fue “La cafetera”, perteneciente a “A propósito de Garfunkel”, la elegida para abrir el concierto. A ella sucedieron, con una impecable y muy sensible ejecución, canciones de sus anteriores y su presente trabajos: “Tú Garfunkel” (que obtuvo muy receptiva respuesta), “La cafetera” o “El Fin de la Resistencia” (en la que Ramón y sus músicos pidieron la colaboración del público por medio de palmas -¡qué protagonismo aquel de las cejillas colocadas en el traste no correspondiente!-).
“¿Cuál es la siguiente?”, pregunté en un determinado momento sin alcanzar a distinguir la caligrafía de Marc Prats y, ante la respuesta: “Mano Izquierda”, sólo pude echar un vistazo muy rápido a mi reloj de pulsera y desear que el concierto se prolongara mucho más allá de las horas. Con “La Siesta”, “Estupendamente”, “Variables”, (primer single de “La Dimensión Desconocida, en YouTube pueden visionar su original videoclip, que dirige la ya habitualísima Lyona Alyona), “Por Tradición”, “La Gran Caída”, “El Fin del Imperio” o “La Dimensión Desconocida” (una de mis canciones preferidas, con Ramón acariciando la guitarra, casi besando el micro, acaso no sea la música lo más parecido a hacer el amor -como sugiriera, recuerdo, Leopoldo Mateos, de Nudozurdo-, y las segundas voces de algún seguidor que se animó a corear).
Daba la sensación de que el concierto fluía de un modo tan inercial para The New Raemon y para el público, en su justo medio entregado, conteniendo en general su emoción instintivamente desbordada, educado, escuchante, como si él (ellos) y nosotros, todos, nos supiéramos de memoria aquellos mapas de carretera que son las partituras, como si fuera posible recorrerlas con los oídos muy abiertos y los ojos entrecerrados. Mirando, frente a frente – enfrentados a ambos lados del escenario, pero en una misma dirección.
“Mil gracias”, una de las últimas canciones que sonaron, cuenta con un protagonista y derrotado amante que, en un desesperado y postrer intento de recuperar a su indiferente chica, clama aquello de: “Te daré mil gracias si esto nunca acaba”. Y tuvo a bien Ramón obsequiar a los asistentes (los que permanecieron en el Café Hispano después de que el Equipo Alfa se apeara del escenario y re – clamaron una penúltima canción más) con “Elena-na”, interpretada ya en riguroso acústico, sutil a la par que pícara y sensual canción de buenas noches que sirvió para despedir aquélla que concluía.
Sí, al menos en el Café Hispano, pues Ramón y su banda se desplazaron a continuación a La Lata de Bombillas, donde prosiguió la siesta, perdón, fiesta, hasta la madrugada. Una madrugada en la que me hubiera gustado estrechar mi mano izquierda con la de The New Raemon en un pacto muy secreto, en la que sin dudar habría cambiado mi reloj, el de la mano estrechada, por el sombrero – chistera de Ricky Falkner. Y así sucesivamente. Una onírica madrugada en la que deseé haber hecho desaparecer todos los mapas, los espacios, con tal de dilatar la sonrisa en el tiempo y no regresar a casa. Esperando todavía ese baile que, por fortuna, de eso estoy segura, sigue siendo deuda.















